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 Creepypasta: Encerrado

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yarzier
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MensajeTema: Creepypasta: Encerrado   Miér Jul 31, 2013 2:23 am

Desperté, sin saber en dónde estaba, apenas recordando quién era. Lo primero que noté al abrir los ojos fue la pequeña rendija por donde se filtraba una cantidad muy pequeña de luz; después de eso, la más completa oscuridad. Intenté incorporarme, pero un fuerte dolor de espalda me obligó a quedarme en mi posición. Apoyé una mano en el suelo, sorprendiéndome ante su textura terrosa, llena de polvo, como si no hubiese sido limpiado en centurias.

Escuchaba el ruido de la lluvia afuera: lluvia torrencial, al parecer. Iba a tener que limpiar el patio mañana… ¿pero de qué patio hablaba, si sabía que no estaba en mi casa? Lo último que recordaba era caminar por la vereda, yendo al mercado del pueblo, y un ruido chirriante y un golpe y oscuridad.

Algo había pasado, era indudable. Intenté levantarme nuevamente, ahora con mucha más facilidad: el dolor de espalda se había calmado, y ahora solamente era un dolor general, en cada parte del cuerpo, pero casi inexistente de tan leve. Me incorporé en el pequeño espacio que tenía y miré alrededor, tratando de penetrar en la negra neblina que me rodeaba, con pocos resultados.

Con algo de miedo me acerqué a la rendija, que aparentemente coronaba una especie de puerta de metal. Mis ojos se acostumbraban a la penumbra segundo a segundo y ya distinguía algunas formas: al parecer estaba en una especie de depósito, con un par de cajas acomodadas en las paredes y otras tiradas por doquier. Me di vuelta nuevamente (por décima vez, más o menos) y me asomé por el pequeño agujero de la puerta: se veía una especie de pasillo, pobremente iluminado, y enfrente había otra puerta, casi idéntica a la que estaba tocando yo.

Obviamente, la puerta no abría; de hecho, ni siquiera tenía picaporte. Me senté de espaldas a la puerta y, calmando un poco la respiración, intenté otear el lugar en el que me hallaba, sin poder ver nada nuevo, excepto que las cajas estaban en una especie de nichos, como si fuese una…

Como si fuese una cripta.

Quedé paralizado. La ausencia de picaporte, los nichos en las paredes, el polvo… Era inverosímil e improbable, pero todo indicaba que estaba en un panteón. Busqué en los bolsillos de mi pantalón, buscando lo que sea que pudiese ayudarme, pero no, no había absolutamente nada. Quien sea que me haya puesto ahí, me había despojado de todas mis pertenencias, incluyendo la ropa: recién me daba cuenta de que estaba vestido distinto, hasta tenía una corbata en el cuello.

Lo que antes era una vaga sospecha ahora tomaba forma en mi mente, sacudiendo mi imaginación hasta límites peligrosos: me habían secuestrado y me habían metido dentro de una cripta, quién sabe con qué propósitos. Yo no era precisamente rico, y mis problemas con los demás habitantes del pueblo no pasaban de ser algo normal, nada mayor que una disputa por los ladridos de mis perros o algún chisme ocasional, nada que justifique un intento de homicidio (creo). Pero los hechos, los fríos hechos eran los que podía palpar en la oscuridad: me hallaba en un lugar extraño, encerrado, con otra ropa y despojado de lo que llevaba encima.

Empecé a moverme por el suelo, buscando algo útil entre el polvo. Si hubiese sido el protagonista de una película probablemente hubiese encontrado un encendedor o algún clip para abrir la puerta, pero en la vida real las criptas suelen estar vacías, sacando los ataúdes y los mue…

Y los muertos.

Entre la adrenalina de la situación, no me había dado cuenta de lo que significaba estar encerrado en una cripta. Nunca fui supersticioso, pero bueno, estar encerrado con un montón de cadáveres le destruye el pragmatismo a cualquiera. Rápidamente le dirigí un centenar de miradas nerviosas a cada ataúd (o lo que yo suponía que eran ataúdes), esperando a que repentinamente alguno se abriera y viera salir una mano putrefacta, mano que me ahorcaría hasta la muerte.

Pasé eternos segundos en mi vigilancia nerviosa, tratando de impedir con el solo poder de la vista que los espíritus abandonaran su prisión de pino. Por suerte para mí, nada pasó, y los muertos estaban muertos.

Las pupilas se me habían dilatado lo suficiente como para observar un par más de detalles de mi entorno, y pude observar que lo que yo pensaba que era una cripta estaba bastante abandonada, exceptuando un camino limpio desde la puerta hasta donde suponía que me había despertado, hecho por mí mismo. Aparentemente me habían acostado dentro de los restos de un ataúd que habían bajado de su correspondiente nicho; el féretro estaba sobre el suelo, bastante desarmado. No pude evitar una pequeña arcada al pensar que quizá había estado acostado en el último lugar de reposo de algún muerto.

Observando más, tuve una sensación de familiaridad con el panteón, como si ya hubiese estado ahí alguna vez… Sí, probablemente había ido a visitar a algún familiar a algún panteón del mismo cementerio, porque prácticamente no me cabía duda de que estaba en el cementerio de mi propio pueblo. Y, bueno, todas las criptas se parecen, más cuando uno se halla adentro, sin luz y con unos nervios capaces de matar a alguien con problemas cardíacos.

Estaba perdiendo el control, definitivamente. Veía sombras, escuchaba lentos chirridos, sentía gritos en la lejanía del cementerio. Sabía que era cuestión de esperar hasta la mañana, cuando alguien pasara por el pasillo que recorría las criptas y me pudiese escuchar, pero realmente no pude contenerme y grité, grité hasta quedarme afónico. Al principio con cierto reparo, porque a veces uno no quiere hacer ruido para no alertar al monstruo que está debajo de la cama o en el nicho de la cripta en donde te encerraron, pero no pude contenerme y grité como nunca grité en toda mi reputísima vida.

Obviamente, nadie me escuchó. Obviamente, seguí encerrado, ahora con un dolor quemante en la laringe. Y seguía con miedo, porque los fantasmas no existen hasta que ves una pequeña sombra en el pasillo y ya te estás encomendando a Jehová, Cristo y el Espíritu Santo para que te salven de una muerte segura, ves que fue un juego de luces y te cagas de risa mientras te fumas un pucho. ¿Estaba desvariando? Probablemente, pero pensar de una manera febril era lo único que me separaba de darme la cabeza contra la pared hasta morirme. Quizá no parezca que estaba en una situación desesperante, pero tenía los nervios destruidos, y no dejaba de ver un espíritu o un no-muerto en cada rincón, en cada tapa de ataúd.

Pasé el resto de la noche balanceándome en un rincón mientras tarareaba una y otra y otra vez el estribillo de alguna canción de moda. Me levanté como un rayo para asomarme a la rendija ni bien vi el primer indicio de luz alba: debían de ser como las seis o seis y media de la mañana, más o menos.

Por primera vez desde que desperté, esbocé una pequeña sonrisa, aunque haya sido una sonrisa nerviosa en un rostro destruido. Volví a mi asiento esquizofrénico de rincón y seguí ahí, ya no balanceándome pero sí tarareando, cuando sentí una pequeña picazón en el cuello. Llevé mi mano lentamente hacia atrás, pasándola primero por el hombro, recorriendo lentamente el cuello de la camisa.

Llegué hasta la base del cuello, y me quedé helado. Si mi tacto no me engañaba, me faltaba un pedazo de carne en la nuca. Podía sentir trozos de mi piel colgando y la carne fría. Retiré la mano cuando toqué el hueso de la columna vertebral.

Realmente iba a enloquecer. No sólo estaba encerrado, sino que también estaba gravemente herido, quién sabe cuánto. Lo peor de todo era que realmente no me dolía… ¿El cuerpo me estaba protegiendo de la impresión? ¿Estaba agonizando?

Temblaba. No sólo le temía a los espíritus ancestrales que podían habitar una cripta sino también a mi estado de salud y a la gente que me había hecho eso. Necesitaba salir de ahí, necesitaba atención médica, necesitaba… necesitaba un descanso.

Ya entraba una cantidad de luz bastante respetable, luz solar, iluminando la pared que estaba diametralmente opuesta a la puerta. La luz que se filtraba iluminaba parte del nicho en donde se hallaba el ataúd removido, el ataúd donde había despertado. Movido por la curiosidad, me acerqué al lugar, para ver en la pequeña placa de bronce quién había sido perturbado de su eterno descanso por mis agresores.

Un paso a la vez me acerqué, entornando los ojos. Era extraño, pero con la presencia de un hilo de luz el lugar era más sombrío, más amenazador. Pasé por arriba de los restos del féretro y me acomodé como pude para poder ver la placa en donde estaba el nombre del ocupante del ataúd.

La placa de bronce, en muda burla, ostentaba mi nombre.

Me sentí desfallecer. Ahora todo encajaba, pero… ¿estaba muerto? ¿Esto era lo que había después? ¿Por qué? ¿Qué clase de broma era ésta? ¿Era un muerto vivo, un fantasma o qué?

Logré calmarme, después de un rato. Era curioso, pero realmente tenía pulso: podía sentir la sangre corriendo en un apresurado maratón por todo mi cuerpo. Tenía frío y hambre también, así que, o estaba vivo, o realmente era un muerto muy activo. Si estaba vivo, entonces necesitaba salir urgentemente de ahí: todavía recordaba que tenía un profundo corte en el cuello.

Me debatía constantemente entre la locura y la cordura. Mi cuerpo me daba mensajes equívocos y mi mente no ayudaba mucho precisamente. Aparentemente no había nadie, y si seguía así no iba a tardar en morir, si realmente estaba vivo. La insensibilidad en algunas partes de mi cuerpo, la placa de bronce, que me hayan velado… ¿estaba muerto?

Pasaron las horas, a cuentagotas. Sentía cómo algo se quebraba, algo en mi interior. Mi mente se desintegraba poco a poco, presa febril de debates internos sobre mi existencia. Ya estaba totalmente enajenado: necesitaba saber. No me importaba vivir o morir, sino saber realmente qué era, a qué mundo pertenecía.

El primer caso de catalepsia en el pueblo de Olavarría se dio el 23 de marzo de 1915. La semana posterior a la muerte aparente del señor Eduardo Rico, habitante del lugar, una tía lejana se llevó una gran sorpresa al encontrar un cadáver todavía fresco ocupando el suelo de la cripta, recostado sobre un charco de sangre. Con evidentes signos de lucha, se supone que el sujeto perdió la cordura y terminó en el suicidio. El evento hizo gran efecto en el lugar, donde nunca se habían reportado casos de este extraño fenómeno y, por lo tanto, no se hacía ninguna clase de esfuerzo para prevenirlo. Eduardo Rico fue velado de nuevo, esta vez definitivamente muerto. Sin embargo, aún pervive un pequeño detalle en la memoria del pueblo, algo que a veces los hace estremecer: a pesar de que el cadáver fue encontrado junto a la reja de la cripta, en todo su interior estaban las huellas de las pisadas de Eduardo. Sin embargo, el señor Rico tenía las piernas quebradas, preparación anterior a su «entierro» para contrarrestar el rigor mortis.



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MensajeTema: Re: Creepypasta: Encerrado   Miér Jul 31, 2013 4:18 am

muy bueno, bastante bueno.

______________________________
¿Qué fuegos arden en mi corazón y me fuerzan a enfrentarme
a los peligros que me aguardan al final de este trágico viaje?
He caminado por las sendas que conducen al infierno,
he desafiado a todo salvo al destino.
He luchado y he sangrado y he continuado únicamente
para llegar hasta la puerta final.
Y ahora se alza frente a mí la tarea que me aguarda,
esta terrible empresa inacabada.
No flaquearé en mi lucha contra los tres hasta que la batalla esté ganada.
¿Qué temor o herida podría silenciar este último grito de desafío,
cuando me enfrento a la sombra bajo un cielo en llamas que parece no tener fin?
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Creepypasta: Encerrado
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