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 El Estrangulador de Tacuba

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inkdeem
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MensajeTema: El Estrangulador de Tacuba   El Estrangulador de Tacuba I_icon_minitimeDom Jun 19, 2011 12:19 pm

"Y entonaba el pueblo:
'Te he de ver trasplantada en el huerto de mi casa'"
Canción popular dedicada a Goyo Cárdenas


Gregorio Cárdenas Hernández nació en la Ciudad de México en 1915. Solamente quince días duró su carrera criminal, pero eso le bastó para entrar en los anales de la Historia como el asesino serial más popular de México.

De niño, Goyo sostuvo una relación enfermiza con su madre, Vicenta Hernández, una mujer dominante que lo reprimió hasta su adolescencia. Pese a ello, el altísimo coeficiente intelectual de Goyo hizo que fuese un estudiante destacado. La encefalitis que de niño padeció causó, sin embargo, un daño neurológico irreversible; a raíz de su enfermedad, Goyo padeció de eneuresis y empezó a dar muestras de crueldad hacia los animales: se ensañaba torturando pollitos y conejos.

A sus veintisiete años, Goyo estudiaba Ciencias Químicas; era un alumno tímido y esmirriado, que utilizaba gruesos lentes. Pero eso no le impidió obtener una beca de PEMEX, que le permitió continuar sus estudios. Independizado de la sombra de su progenitora, Goyo rentó una casa en la calle Mar del Norte nº 20, en Tacuba, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México. Allí vivía cuando la noche de 15 de agosto de 1942, a bordo de su automóvil Ford, recogió en la calle a una prostituta de dieciséis años llamada María de los Ángeles González, alias "Bertha", a quien llevó a su domicilio. Hacia las 23:00 horas, y después de sostener relaciones sexuales con él, la joven fue a lavarse al baño de la casa de Goyo, instante que él aprovechó para estrangularla con un cordón. Una vez muerta, Goyo llevó el cadáver al patio y allí la enterró.

Ocho días después, la madrugada del 23 de agosto, Goyo salió de cacería otra vez. En esta ocasión, la prostituta elegida tenía catorce años y se llamaba Raquel Rodríguez León. A ella le sorprendió que su cliente tuviera una amplia biblioteca en su casa. De hecho, tras llevarse a cabo el acto sexual, Raquel se dedicó a mirar algunos de los libros de Goyo. En eso estaba cuando él la atacó con el mismo cordón. A las cinco de la mañana, Raquel ocupaba otro sitio en el patio de la casa de Mar del Norte.

Los lapsos se iban acortando. Goyo esperó solamente seis días antes de ir, la noche del 29 de agosto, a buscar una nueva compañía femenina. La encontró en Rosa Reyes Quiróz, otra menor de edad que no llegó a acostarse con él. Para entonces, Goyo había descuidado su entorno: su laboratorio estaba en desorden, los libros fuera de su lugar, había ropa sucia por todas partes y el polvo empezaba a acumularse en todos lados.


Esto provocó cierta desconfianza en Rosa, quien se dirigió al laboratorio para curiosear sobre su cliente. Allí, mientras veía unos matraces y algunos tubos de ensayo, la atacó Goyo. Rosa presentó resistencia. La lucha fue violenta, pero Goyo triunfó. Sin embargo, la expresión de horror en el rostro de Rosa lo impresionó. Turbado, cavó de inmediato la fosa correspondiente. Se dio cuenta de que ya no quedaba mucho espacio en el patio, así que la amarró de pies y manos. A las cuatro de la mañana concluía su faena.

El último crimen ocurrió cuatro días después, el 2 de septiembre. Goyo cortejaba constantemente a una chica llamada Graciela Arias Ávalos, estudiante del bachillerato de Ciencias Químicas de la UNAM, quien aceptaba su amistad. Graciela era una alumna modelo y su padre, un conocidísimo abogado penalista, Miguel Arias Córdoba. Ese día, Graciela esperó a Goyo afuera de la Escuela Nacional Preparatoria.

Goyo pasó por ella en su auto, supuestamente para llevarla a su casa, ubicada en Tacubaya nº 63. Goyo así lo hizo; al llegar afuera de la casa de la chica, y aún dentro del auto, le habló de su amor por ella. Graciela lo rechazó, y entonces él intentó besarla a la fuerza. Ella le dio una bofetada y entonces Goyo, iracundo, arrancó de un tirón la manija del automóvil y comenzó a golpear a Graciela en la cabeza hasta que la mató. La sangre empapaba su larga cabellera. Goyo condujo hasta su propia casa. Bajó el cadáver, lo puso sobre el catre donde dormía, lo envolvió en una sábana y, ya en la madrugada del 3 de septiembre, lo enterró.

Para el siete de septiembre, a petición expresa de su hijo, la madre de Goyo lo internó en el Hospital Psiquiátrico del Dr. Oneto Barenque, ubicado en la calle Primavera, en Tacubaya. Adujo que él "había perdido completamente la razón". Allí acudió, el 8 de septiembre, el subjefe del Servicio Secreto, Simón Estrada Iglesias, para interrogarlo sobre la desaparición de Graciela Arias.

Como respuesta, Goyo le mostró unos pedazos de gis y le dijo que eran pastillas "para volverse invisible". El investigador recrudeció su interrogatorio y finalmente Goyo se derrumbó: confesó que había matado a la chica y que la había enterrado en el patio de su casa.



El arresto

A las 3 de la tarde de ese día, la policía, acompañada de Goyo, entró a la casa de Mar del Norte; de inmediato vieron un pie podrido que sobresalía del suelo. Excavaron y hallaron los cuatro cadáveres. Goyo los iba guiando.

En su cuarto de estudio, los investigadores hallaron un Diario, escrito de puño y letra de Goyo que decía:

"El 2 de septiembre se consumó la muerte de Gracielita. Yo tengo la culpa de ello, yo la maté, he tenido que echarme la responsabilidad que me corresponde, así como las de otras personas desconocidas para mí. Ocultaba los cadáveres de las víctimas porque en cada caso tenía la conciencia de haber cometido un delito".

Pidió entonces una máquina de escribir e hizo él mismo su declaración, la cual parecía una obra policíaca: describía en detalle los asesinatos, pero echaba mano de recursos novelescos y de la jerga periodística de nota roja.

Los medios de comunicación hicieron de él una estrella: todos los días había nuevas notas sobre él. Hubo, sin embargo, huecos en la investigación. Un detalle que se pasa siempre por alto y que consta en el expediente del caso es que, además de a Goyo, la policía detuvo a otro joven como sospechoso y cómplice, hijo de un prominente político de la época, quien terminó huyendo y de quien sólo se asentaron sus iniciales en las actas. Se ignoró además una segunda línea de investigación, que sostenía que Goyo mató a esas chicas para realizar experimentos bioquímicos, pues buscaba una fórmula para obtener la inmortalidad.

El 13 de septiembre, se le dictó auto de formal prisión, y fue recluido en el Palacio Negro de Lecumberri, en el pabellón para enfermos mentales. Sin embargo, sus abogados consiguieron que Goyo fuera trasladado al Manicomio General de La Castañeda, supuestamente para recibir tratamiento. Allí le dieron electrochoques y le inyectaron pentotal sódico para determinar si realmente estaba loco o sólo fingía.

Inexplicablemente, de pronto Goyo obtuvo múltiples comodidades: empezó a asistir a las clases de Psiquiatría que ofrecía el director del manicomio, entraba a la biblioteca sin problemas, recibía visitas familiares e incluso se iba al cine con algunas amigas. El 25 de diciembre de 1947, cinco años después de entrar allí, Goyo se fugó con otro interno y partió rumbo a Oaxaca; veinte días después fue reaprehendido y alegó que no había escapado, sino que se había ido de vacaciones.

El 5 de febrero de 1948, Goyo anotó en su Diario:

“¿No es criminal privar al hombre, que por tristes contingencias de falta de libertad se halla en una celda, de sus contactos con la esposa o la compañera? Como dice Dumas, yo no me preocupo jamás por mi prójimo y no trato de proteger a la sociedad que no se ocupa de mí más que para perjudicarme y, observando la más estricta neutralidad, son la sociedad y mi prójimo quienes me deben agradecimiento”.

Al frente del caso quedó el célebre criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón. Con el tiempo, Quiroz Cuarón escribiría un libro: El caso de un estrangulador, considerado una obra maestra de la criminalística. Determinó que la encefalitis causó el daño cerebral que convirtió a Goyo en multihomicida.

En sus Memorias, dictadas a José Ramón Garmabella, Quiróz Cuarón recuerda cómo él y otros médicos torturaron a Goyo en Lecumberri:

"La primera entrevista profesional que tuvimos con Gregorio ocurrió en agosto de 1943. La actitud del paciente fue atenta y dócil, al paso que su lenguaje era lento y en voz baja. El doctor Gómez Robleda y yo pudimos efectuarle sinnúmero de exploraciones y en cada una de las sesiones encontramos colaboración amplia del sujeto. Su cara se movía con lentitud, dando la apariencia de que todo le era indiferente, aunque a veces, cuando se mostraba preocupado, el contraste surgía por medio de contracciones intensas de los músculos faciales, más pronunciadas del lado izquierdo. Su actitud general correspondía a movimientos lentos que sugerían tranquilidad y, además de los tics, se le notaba un temblor rápido, poco amplio, de los dedos de las manos.

"El 30 de septiembre de ese 1943, el abogado de Gregorio Cárdenas Hernández solicitó que su defendido se presentara en el juzgado y entonces observamos al homicida en actitud diferente: la mirada ahora era vaga y los rasgos faciales fijos, impasibles, con espasmos frecuentes en rostro y cuello. A nuestras preguntas respondía de modo incoherente y decía no reconocer a las personas. Se veía desorientado y se quejaba, además, de dolores de cabeza. Poco después, en el interior de Lecumberri, el doctor Gómez Robleda y yo lo observamos en una actitud estereotipada, cortés, con amaneramientos en los que a las cosas las llamaba por sus diminutivos. Su característica más notoria era la exhibición de una falsa modestia y sus respuestas a las preguntas pretendían ser sutiles. Respecto a los crímenes cometidos, afirmaba no experimentar remordimiento alguno porque no se sentía culpable de ellos. A pregunta expresa de Emilio Mira y López, colaborador nuestro, escribió: ‘La mayor injusticia que se ha cometido conmigo es que me tengan encerrado y alejado de mis familiares’.

"El abogado defensor de Gregorio, en su afán por librarlo de una larga condena carcelaria, con la cual pretendía impedir que se le sentenciara bajo la circunstancia de estar afectado de sus facultades mentales, promovió ante el juez que se dictaminara si Gregorio ameritaba atención en un establecimiento especializado. El doctor Gómez Robleda y yo, consultados por el licenciado Espeleta, observamos durante varios días en su celda de Lecumberri al llamado ‘Estrangulador de Tacuba’. Las nuevas observaciones nos permitieron verificar que el procesado dormía la mayor parte del día y se alimentaba escasamente, mientras que cuando se le obligaba a caminar lo hacía con mucha lentitud, en forma titubeante y arrastrando los pies en pequeños pasos; además, descuidaba totalmente su aseo personal. Los tics faciales y en el cuello eran casi permanentes y al mismo tiempo tenía una muy clara inestabilidad arterial, tanto máxima como mínima y el pulso era lento: de 64 por minuto.

"El diagnóstico que emitimos fue de síndrome confusional y, por consiguiente, sí procedía su traslado a un hospital psiquiátrico para llevar a cabo su observación y tratamiento. A esas alturas, finales de 1943, algo más de un año después de haber cometido los delitos, el sujeto era seguramente el hombre más estudiado de México (…) Fue así como el 10 de noviembre de ese año, Gregorio Cárdenas fue llevado al Manicomio General de la Castañeda, donde recibió un tratamiento de electrochoques que permitió desaparecer rápidamente el estado confusional que padecía (…) El interés mostrado hacia la psiquiatría me hizo intuir que Gregorio lo hacía no tanto para cultivarse, sino más bien con la idea de continuar confundiendo a los especialistas.

"La prueba más importante fue la denominada ‘El sueño profundo y la soga’. Lanzarme a la exploración que intentaba era sencillo porque dos peritos anteriores habían utilizado pentotal sódico, después de lo cual concluyeron que el procesado padecía amnesia lagunar respecto a los delitos cometidos, lo que, por cierto, no dejaba de extrañar porque el homicida había escrito libremente en el hospital psiquiátrico del doctor Oneto Barenque, donde había sido capturado por la policía, una relación pormenorizada en la cual enumeraba analíticamente los cuatro asesinatos (…)Éramos acompañados por técnicos, donde mientras unos filmaban la película, otros grababan los sonidos (…) El maestro Alfonso Millán practicó la exploración neurológica en el sueño profundo inducido por el pentotal sódico y todos los presentes pudimos percibir en Cárdenas Hernández un primer periodo de excitación (…) traducido en llanto, risas y mímica facial que denotaba un tipo neurológico personal corto-talámico en una persona que normalmente parecía inexpresiva (…) La exploración neurálgica permitió observar y filmar que los tics faciales del sujeto en el lado derecho desaparecían, al paso que en el lado izquierdo eran todavía más notorios. Ello permitió colegir que se eliminaba la simulación.

"Una vez resuelta la primera incógnita, faltaba el segundo aspecto por aclarar, esto es, la pretendida amnesia lagunar en relación con los delitos, para lo cual se estimuló a Gregorio con los objetos materiales de los homicidios, o sea, la soga que empleó para estrangular a las víctimas y la pala utilizada para cavar las tumbas en el jardín. Debo confesar que jamás asistí, antes o después, a una prueba más dramática. Se procedió primero a golpear con el canto de la pala el borde de la plancha de granito donde se había colocado a Gregorio Cárdenas mientras se le preguntaba si recordaba para qué había servido esa pala. Cárdenas Hernández, entre gritos y llanto, respondió que él la había utilizado para cavar las fosas donde sepultó a sus víctimas; sin embargo, lo más dramático ocurrió cuando se le pasó la soga por el cuello, pues el sujeto, gritando con mayor intensidad (sus gritos podían escucharse a varios metros de distancia del cuarto de exploración) y entre gesticulaciones verdaderamente impresionantes y llanto incontenible, imploraba una y otra vez: ‘Por favor, dejen de martirizarme con esa soga. ¿No ven que con ella estrangulé a las criaturas?’ La prueba permitió concluir que el hombre recordaba a la perfección los detalles de los delitos perpetrados y su pretendida amnesia acerca de ellos era buscada, querida, oportuna, defensiva y simulada”.

Las autoridades decidieron regresarlo a Lecumberri el 22 de diciembre de 1948. Una vez allí, Goyo memorizó el Código Penal, cursó la carrera de Derecho, se convirtió en litigante, realizaba historietas dibujadas por él mismo donde contaba crímenes famosos, e incluso escribió varios libros, entre ellos Celda 16, Pabellón de locos, Una mente turbulenta y Adiós a Lecumberri.

Goyo tocaba el piano que su madre le había regalado, escuchaba ópera, leía poesía, dirigió una revista y comenzó a pintar cuadros. En el penal se casó y tuvo hijos, a quienes mantenía con las ganancias de una tienda de abarrotes que puso dentro de la cárcel. Una vez declaró: "A mí me examinaron como 48 o 50 médicos... unos señalaron esquizofrenia, otros una psicopatía, otros diferentes tipos de epilepsias, otros debilidad mental a nivel profundo. Otros, paranoia. Sí, cómo no".

Hubo una película pornográfica que circulaba de manera clandestina y trataba sobre las supuestas orgías de Goyo. Aparecieron además varios copycats, que cometían crímenes similares y que nunca fueron atrapados.

En 1976, la familia de Goyo apeló al entonces Presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, quien, al determinar que Goyo era "una celebridad", terminó por absolverlo. El 8 de septiembre de 1976, "El estrangulador de Tacuba" abandonó la cárcel.

Poco tiempo después, mientras Mario Moya Palencia era Secretario de Gobernación, el Congreso de la Unión invitó a Goyo a asistir a la Cámara de Diputados, donde se le brindó un merecidísimo homenaje. Goyo hizo uso de la Tribuna para hablar sobre su vida. Los diputados priístas aplaudieron de pie al primer serial killer nacional, y en sus discursos lo calificaron como "un gran ejemplo" para los mexicanos y "un claro caso de rehabilitación".

En sus Memorias, Quiróz Cuarón recuerda sus posteriores encuentros con Goyo:

“Una vez entregado el dictamen, dejé de visitar metódicamente a Gregorio Cárdenas, si bien tuve la oportunidad de encontrarme con él durante algunas ocasiones que ahora relato. El primer encuentro sucedió cuando un juez decidió cambiar su sitio en el juzgado que presidía por la celda carcelaria al disponer de las fianzas que en efectivo depositaban los procesados. Fue por aquellos días cuando en la penitenciaría de Lecumberri se construyó un pabellón supuestamente para reclusos tuberculosos, cuando lo cierto es que la mayoría de sus huéspedes eran enfermos mentales. Cárdenas Hernández, por una de esas situaciones surrealistas que con frecuencia ocurren en México, fue nombrado encargado de esa zona del penal (…) Fue también por aquellos días (…) cuando Gregorio Cárdenas se fabricó gratuitamente la leyenda de que había estudiado derecho dentro de la penitenciaría, cuando la verdad fue que aquel juez infractor le enseñó la redacción de escritos para promociones, lo cual le permitió lograr la libertad para varios reclusos que esperaban sentencia y cuyos delitos ameritaban menor tiempo del que tenían encarcelado.


“El segundo encuentro ocurrió cuando pasado el tiempo, ya desaparecido el pabellón mencionado y la enfermería ascendida a hospital de concentración, fui invitado por el personal médico a sustentar una plática. Gregorio Cárdenas Hernández, quien se encontraba entre los pacientes del hospital, fue uno de los asistentes y, una vez concluido el acto, tuvo la gentileza de obsequiarme dos de sus libros y presentarme a uno de sus hijos que lo acompañaba ese día. La tercera vez que vi a Gregorio, ya en libertad, fue en la sala de ingreso del Reclusorio Norte. No obstante que trató de rehuirme cuando se percató de que yo caminaba hacia él, pude de todas maneras abordarlo y charlar brevemente. A pesar de que me ofrecí desinteresadamente a ayudarlo en lo que necesitara, me respondió de forma cortés que no podía serle útil en nada.


"Hubo un cuarto encuentro al que llamo afortunadamente fallido para mí y fue cuando dentro del mismo recinto nuestros nombres fueron mencionados: ello sucedió en la Cámara de Diputados durante la comparecencia que tuvo el licenciado Mario Moya Palencia, por esos días Secretario de Gobernación. A pesar de que recibí oportunamente la atenta invitación para asistir al acto, recuerdo que ese día tuve actividades en el Hospital Fray Bernardino Álvarez que se prolongaron más de lo previsto. Aun así, por medio de amigos que asistieron, pude enterarme de que hubo una honrosa mención sobre mis labores desempeñadas hasta ese momento y de que en un palco, entre el público, había estado Gregorio Cárdenas Hernández, quien al ser descubierto por algunos diputados recibió una gran ovación. He dicho que por fortuna no asistí a ese acto porque, de haberlo hecho, habría sin duda pasado muy mal rato quedando como el villano de la película cuando los diputados, puestos de pie, como si se tratara de un héroe, ovacionaron de esa manera a Cárdenas Hernández, al que yo había contribuido, mediante los exámenes realizados, a que permaneciera recluido por espacio de casi treinta años.



"Sin embargo, lo cierto, por una parte, es que él mismo, con una defensa errónea, provocó ese encierro tan prolongado. A Gregorio Cárdenas Hernández y a su abogado defensor se les olvidó que el Código Penal vigente en 1942 contemplaba que si a un procesado se le declaraba enfermo mental y, por lo tanto, inhabilitado para ser procesado, se le recluía de por vida en el pabellón psiquiátrico de Lecumberri. Si Gregorio, en vez de su empeño por hacerse pasar como afectado de sus facultades mentales y tratar de engañar a los especialistas, hubiera afrontado el proceso, habría con seguridad permanecido en la cárcel sólo veinte años, que era la pena máxima establecida por aquellos días”.

Después, Goyo inauguró una exposición de sus pinturas en una galería de la capital mexicana, y recibió favorables críticas, vendiendo todos sus cuadros a altísimos precios. Abrió además un despacho y se dedicó a litigar. Se hizo una radionovela sobre su vida, que tuvo altísimos niveles de audiencia. Incluso, llegó a hablarse en su momento de erigir una estatua con su efigie en la Ciudad de México.

Cuando el escritor Víctor Hugo Rascón Banda montó la obra teatral El estrangulador de Tacuba, protagonizada por Sergio Bustamante, Goyo asistió a los ensayos y desde las butacas ayudó al director a corregir algunos detalles. Sin embargo, terminó distanciándose, molesto por el tratamiento dado al caso, y demandó al director de la SOGEM por plagio, alegando que los derechos sobre la historia de sus crímenes le pertenecían a él. Goyo registró ante Derechos de Autor la narración de su caso. Sin embargo, tras un peritaje de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, perdió la demanda.

Años después, su vida se llevó al celuloide en el documental Goyo, un macabro tributo exhibido en la Muestra Internacional de Cine, realizado por Ricardo Ham; José Estrada hizo una adaptación de su caso en la cinta El profeta Mimí; y el cineasta Alejandro Jodorowski filmó Santa Sangre, su espléndida y enfermiza película, inspirado en la biografía de Cárdenas. Además, el caso de Goyo se estudia desde hace décadas en Criminología y en la carrera de Derecho, en la UNAM.



Goyo Cárdenas murió el 2 de agosto de 1999 y se convirtió de esa manera en el asesino serial más surrealista de la Historia. El pueblo le hizo canciones, hubo estampitas con su imagen, y fue idolatrado por la gente, que aún recuerda su nombre y obras.

Ha sido además el único homicida que fue becado por una compañía petrolera, aguantó 34 años en prisión, estudió Química, Psiquiatría y Derecho, fue absuelto por el presidente de su país, hizo carrera de abogado al salir de la cárcel, protagonizó docenas de libros escritos por especialistas, se dedicó a la literatura y la pintura triunfando, colaboró en una obra teatral sobre sus crímenes, tuvo su propia radionovela y su película de culto en la Muestra de Cine, registró su caso para cobrar derechos, y además recibió un homenaje en la Cámara de su país, siendo señalado además como ejemplo para sus conciudadanos tras asesinar a cuatro jovencitas. Citando aquella canción de Alberto Cortez: "¡Qué maravilla, Goyo, qué maravilla!". En ningún país del mundo ocurriría algo similar. Sólo Goyo, nuestro mexicanísimo Goyo, podía conseguirlo.

Del blog Goyo Cardenas
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MensajeTema: Re: El Estrangulador de Tacuba   El Estrangulador de Tacuba I_icon_minitimeMar Jun 21, 2011 1:36 am

emm...la verdad qe lo lei todo, pensando que me divertiria, pero no fue asi xD! no me callo bien que a un asesino lo dejaran en libertad por su "popularidad", a mi opinion personal ese sujeto no era listo ni su CI era alto, era un asesino comun y corriente, nisiquiera cumplia con los requisitos basicos de ser un buen homicida...
bueno, te dejo reputacion, sigue aportando a blorch n.n
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MensajeTema: Re: El Estrangulador de Tacuba   El Estrangulador de Tacuba I_icon_minitimeVie Jun 24, 2011 9:43 pm

Que horror, sólo en México podés matar a 4 chicas y salir siendo toda una celebridad.

Y tambien sólo en México te pueden apresar por parecerte a un asesino y pasar 20 años de prision
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MensajeTema: Re: El Estrangulador de Tacuba   El Estrangulador de Tacuba I_icon_minitimeLun Jun 27, 2011 3:42 am

chale que loco.
lo que no me gusta es que se les haga sentir como si fueran la gran cosa...
soy algo radical en estas cosas... te dejo +1 por aportar
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MensajeTema: Re: El Estrangulador de Tacuba   El Estrangulador de Tacuba I_icon_minitime

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